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OBSERVATORIO SOBRE LA DESPOBLACIÓN

Sodoma, Gomorra y León

Leemos una magnífica columna de Margarita Torres en El Diario de León  un texto preñado de ironía y de verdad, que debiera ejercer como aldabonazo en algunas conciencias.

 

RECIENTES estudios de la Universidad de Bristol han desvelado, gracias a una inscripción de una tablilla del 700 a. C., que un meteorito con mala leche pudo arrasar esas dos ciudades bíblicas del Antiguo Testamento. La precisión meridiana de nuestros colegas anglosajones llega hasta el extremo de servirse del documento extraído del palacio de Nínive para conocer día y mes del acontecimiento: 29 de junio del 3123 a. C. Por semejantes fechas se rastrea la llegada de un asteroide con aviesas intenciones y alguna copa de más que impactó contra la Tierra no lejos de los Alpes y, fruto de su imprudencia al volante al colisionar, generó una columna de fuego que cayó sobre el Mediterráneo y rebotó en algún punto del Sinaí. Ya se sabe: por do más pecado había la humanidad de aquellos disolutos tiempos.

Según el Génesis Sodoma y Gomorra, que simbolizan el yerro y la perversión misma, fueron aniquilados por Yahve con una tempestad que fregó a sus gentes con estropajo de fuego y azufre. Diz en el sagrado texto, además, que la esposa de Lot, que era del género cotilla, miró hacia atrás mientras huía del desastre y quedó para siempre transformada en estatua de sal. En el último instante el happy end se escapa para sancionar con un puño de hierro celestial a la curiosa impertinente, quedando para la memoria de los hombres más el hecho anecdótico que los siglos de vida misma de ambas urbes. Es lo que conlleva la despoblación: el olvido.

Una despoblación aquella que asemeja castigo celestial similar en nuestras montañas hoy, habitadas todavía por ancianos valerosos, de esos que lucharon allá por el 36 para defender sus ideales, de uno u otro pelaje, los mismos que ahora, en su vejez, sobreviven solos en compañía de lobos, osos y recuerdos. Ellos se han convertido en nuestra estatua de sal, pues, han optado por quedarse en la tierra que amaron sus mayores durante siglos, por muy pecadora que a los ojos del poderoso de turno hoy se muestre.

Quedará, tal vez, su memoria en forma de crónica periodista o histórica, y alguna que otra foto que atestigüe lo que fuimos y somos. Porque por nuestros pecados de desidia les abandonamos cuando más nos necesitaban, por nuestras faltas de comprensión les negamos médicos y carreteras, por la avaricia de votos de algunos se alzaron frontones a costa de centros de salud públicos. Y fue entonces cuando llegó el meteorito. Se cerraron primero las escuelas, más tarde el trabajo se buscó en otro lugar. Sobre las montañas planeó la sombra de los sables de decenas de torretas de Red Eléctrica Española, y hasta en los cementerios dejaron de crecer las flores, ahogadas por la tristeza del desamparo. Al final, el martillo del destino golpeará sobre nuestras cabezas y perderemos las últimas raíces en pro del desarrollo y el centralismo mal entendido de una comunidad que mira hacia su rechoncho ombligo y un estado que silba hacia otra parte ante la pasividad de los ciudadanos, hijos de aquellos valles, que saborearán las vidas de otros en la tele mientras las de estos valientes mayores se apagan cuando nubla el alba de la muerte amiga.
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